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OPINIÓN

Grupos al margen de la ley y sus trincheras hechas en las comunidades indígenas

 Estos “herbívoros de violencia” que se alimentan de plantas de coca y marihuana como de la amapola, se han reproducido cual si fuera la peor de las  plagas

En Colombia existen 102 pueblos indígenas y según la Corte Constitucional al menos 35 de éstos  grupos se encuentran en peligro de extinción, como consecuencia, en gran parte, por el conflicto armado que según cifras oficiales del Estado, han desplazado dentro del territorio nacional a cerca de 70mil indígenas.

 

Éste fenómeno viene creciendo exponencialmente y de acuerdo con  Organizaciones como la ONIC, aseguran que las cifras están alejadas de la realidad, pues muchos indígenas no quedan registrados por no poder hacer la denuncia, al no conocer el sistema nacional de registro o por otras variables tales como el no hablar español o la imposibilidad de su desplazamiento o simplemente por miedo a retaliaciones.

 

 

El asesinato de líderes indígenas, es otro efecto atribuido al conflicto, que hoy por hoy ha estado en las primeras páginas de los diferentes medios de comunicación, siendo casi como una constante. Ejemplo de ello se ha dado durante éste mes (abril) en el norte Departamento del Cauca, en donde se han registrado dos casos de feminicidio en grupos étnicos. La primera fue la presentada en el corregimiento Huasano del municipio de Caloto, donde fue hallado el cuerpo decapitado de Rubiela Coicué de 39 años de edad perteneciente a la etnia Nasa. El segundo hecho que tuvo lugar es la muerte de una Lídereza indígena encontrada con un disparo en la cabeza en zona rural del municipio de Timbío en el sector La Marqueza. Estos acontecimientos tienen preocupado a las comunidades indígenas del cauca quienes han venido denunciando la circulación de panfletos presuntamente por parte de las Águilas Negras, preocupación que también ha manifestado la Defensoría del pueblo quien ha alertado sobre estos casos.  

 

 

El pasado mes, Las Naciones Unidas manifestaron su preocupación por las cifras registradas en el 2015, en cuanto a la situación de los defensores de los derechos humanos, las cuales fueron de 41 activistas asesinados, como de 295 ataques en contra de 885 líderes, entre ellos de grupos indígenas.  Según estadísticas de la ONIC durante 1998 y 2008 se reportó el asesinato de 1,980 indígenas relacionados con el conflicto armado, lo cual es un incremento preocupante que bien ha sobrepasado dos veces más desde 2008 hasta la actualidad. Todo esto se suma a los líderes asesinados en Briceño, en Antioquia, como lo ocurrido también en el Chocó, donde se produjo la muerte violenta de un líder cmunitario.

 

 

El incremento de asesinatos como de desplazamiento, deja en evidencia una problemática a la que el gobierno poco viene haciendo y ha dejado que estas situaciones continúen su rumbo de muerte y dolor. Tal fenómeno que obedece en gran medida al conflicto armado, ha violentado en primer lugar la soberanía de los pueblos indígenas, en donde han trasladado su accionar como estrategia para fomentar los cultivos ilícitos y sus operaciones, siendo “territorios protegidos” (pero más bien para ellos), en donde opera la ley del narcotráfico entre otras infamias, a las que han sido sometidos, convirtiéndose así en esclavos de la guerra, donde son utilizados como trincheras y abastecedores de pie de fuerza para los grupos al margen de la ley, que recluta en su gran mayoría a niños indígenas y explotan los recursos naturales para el fortalecimiento de su accionar terrorista.

 

 

Los territorios indígenas son los paraísos del narcotráfico, en donde los diferentes “caciques del terrorismo” se disputan el poder a punta no de lanzas, sino de balas que traspasan no sólo las casas y chozas humildes de los resguardos sino también su dignidad. Estos decapitadores de sueños como de ladrones de esperanzas, se pasean como manada de venados que por donde pasan arrasan con todo cuanto hay. Estos “herbívoros de violencia” que se alimentan de plantas de coca y marihuana como de la amapola, se han reproducido cual si fuera la peor de las  plagas, en donde el ejército como si estuviera de plan de safari, incurren con la excusa de recobrar el control del territorio, sobrepasando por encima de la ley en muchas ocasiones y haciendo de la bandera nacional la mortaja para arropar las victimas del miedo, un miedo grotesco que ellos mismos alimentan como un monstruo que cuando quiere mata (y de qué manera), desplaza, secuestra o rapta niños, siendo el coco para las comunidades indígenas en donde ya no funciona los conjuros para alejarlos, teniendo quizás que utilizar la ayahuasca para escapar de esta amarillista, pero aún más roja realidad.

 

Peridodísta: Juan David López P.

 

 

 


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