El horror no tiene uniforme. No tiene bandera. No tiene excusa.
En la ciudad de Minab, en la provincia de Hormozgán, una bomba cayó sobre una escuela primaria de niñas en plena jornada escolar. Las risas de la mañana se transformaron en gritos. Los cuadernos quedaron manchados de sangre. Los pupitres, partidos en dos.
Los primeros reportes hablan de 53 niñas fallecidas y más de 45 heridas, varias en estado crítico. Padres corriendo desesperados. Madres gritando nombres entre el polvo. Niñas cubiertas de escombros mientras intentaban salir.
El ataque se da en medio de la ofensiva coordinada que mantienen Estados Unidos e Israel contra objetivos en Irán. Pero hoy no se habla de bases militares. No se habla de misiles estratégicos. Se habla de niñas.
Se escuchan llantos en los videos. Se ven pequeños zapatos entre los restos del edificio. Se ve el precio real de las decisiones tomadas desde despachos lejanos.
Y aquí viene la pregunta que incomoda, que confronta, que divide:
¿Aplaudirías estos ataques si las víctimas llevaran el apellido de tu familia?
Cuando la guerra deja de ser un mapa y se convierte en el cuerpo de una niña de primaria, ya no es estrategia… es tragedia humana.
Hoy el mundo vuelve a discutir geopolítica.
Pero en Minab, las madres entierran a sus hijas.